Domingo quinto del Tiempo Ordinario

Lectura orante del Evangelio: Marcos 1, 29-39

“Sin momentos detenidos de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido” (Papa Francisco).

Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó.

Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Oramos dejándonos fascinar por la escena que acontece en Cafarnaún (aldea del consuelo), el pueblo de pescadores, donde se estableció Jesús con sus primeros discípulos. En la casa, la suegra de Simón está muy grave en cama. Se lo dicen a Jesús. Y Jesús tiene para con ella estos de compasión revolucionarios: se acerca abajándose, la toma de la mano, la levanta, la resucita para el servicio. Con su acción sanadora Jesús la llama para ser la primera mujer discípula. En las primeras comunidades se sabía que una persona se había encontrado con Jesús cuando servía como él. Ponemos en tus manos, Jesús, nuestras heridas. Tómanos de la mano. Ponnos de pie.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados.

Oramos yendo al encuentro de Jesús, entrando es su corriente sanadora. Para los enfermos, la noche es más noche, su llanto se hace más duro en ella. ¿Quién consolará a tantos enfermos en los hospitales, en la soledad de las casas?  Jesús no rehúye el cara a cara con el misterio del mal, no especula ante el sufrimiento, intenta aliviarlo o hacerlo desaparecer. Jesús está cerca, toca las heridas, sana los corazones afligidos, libra del mal. La noche, gracias a Jesús, es tiempo de sanación. Por eso vamos a él, le llevamos a los que sufren, le hablamos de los enfermos. Donde están los discípulos de Jesús se curan heridas, se alivia el sufrimiento; ellos son parábola de consuelo en un mundo herido. Jesús, líbranos de todo mal. ¡Bendito seas! 

Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar.

Entramos en esta experiencia única de Jesús. El lugar solitario, para Jesús, es el corazón del Padre; su primera hora es para estar con él. Jesús entra en el silencio del Padre y en él encuentra libertad interior, creatividad, energías para la compasión y la ternura. La noche de sanación se prolonga en una madrugada orante, de la oración interior nace la misión. El encuentro con Dios es a la vez experiencia de su amor y compromiso social y misionero. La soledad habitada por la presencia de Jesús, el silencio estremecido por su Palabra, nos hacen humanos, capaces de ternura. Vamos contigo, Jesús, al silencio orante, donde crece el amor.    

Simón y sus compañeros le dijeron: ‘Todo el mundo te busca’. 

A los discípulos, como a nosotros, les encanta el éxito que ha tenido Jesús. Buscan a Jesús para llevarlo de nuevo a la gente que lo aclama. Pero Jesús, en el encuentro con el Padre, ha adquirido libertad, no se deja programar desde fuera. La luz del Espíritu es su mejor guía. Su camino es de servicio, de cruz. Surge el primer malentendido fuerte con sus discípulos, ¿también con nosotros? La palabra de Jesús es clara: Vámonos a otra parte, que para eso he salido. Nada más contrario a la oración que el inmovilismo y la instalación cómoda. ¡Es tiempo de caminar! ¡Hay tantas partes donde no se conoce la alegría de Jesús! Juntos andemos, Señor, a donde tú vayas.

                                               ¡Feliz Domingo! Desde el CIPE – Febrero 2021

DOC. PDF. Lectura orante del Evangelio: Marcos 1, 29-39

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