Domingo trigésimo tercero del tiempo ordinario. Lectura orante del Evangelio: Marcos 13,24-32

¡Oh, Verbo eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme dócil a tus enseñanzas, para aprenderlo todo de Ti (Isabel de la Trinidad).   

Después de la gran angustia, el sol se oscurecerá.

Desfilan ante nosotros, y nos acongojan, imágenes del dolor de los sufrientes del mundo. Nos toca transitar por cañadas oscuras y parece que el cielo se nos cae encima. Nos preguntamos por nuestro futuro y el futuro de la humanidad, pero no tenemos por qué hacerlo con temor y con miedo. La palabra de Jesús, la voz del Amado, no pretende meter miedo, sino provocar en nosotros actitudes de conversión, de preparación para algo grande, para el decisivo comienzo de la nueva humanidad. El espíritu de hijos nos hace gritar en todo momento: Abbá, Padre nuestro. Gracias a su fidelidad cantamos en medio de la tribulación. Dios interviene en la historia por nosotros, nunca contra nosotros. Nadie debe sentirse excluido del amor del Padre. Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido (Juan de la Cruz, CB 1). 

Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria.

El futuro, que es Jesús, está viniendo a nosotros en la noche. Se acerca con su amor y misericordia; es fiel; su luz ilumina y da sentido a nuestro presente; su feliz resurrección nos invita a amar y a confiar. Es hora de aprovechar el tiempo y optar por Jesús, sin conformarnos con el engaño de lo provisional. Es hora de mantener viva en el corazón su presencia amorosa, de ser ante él y ante los pobres. Porque Jesús viene, el amor triunfará, todo acabará bien, habrá final feliz para todos. Ante la tiranía de cualquier clase estamos llamados a resistir. Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura (CB 5).     

Aprended de esta parábola de la higuera.

Jesús nos invita a mirar con atención los signos de los tiempos para descubrir señales de esperanza y saber lo que Dios nos pide en el aquí y ahora. Dios no nos abandona. El rastro de Dios está ante nuestros ojos. También la naturaleza, la higuera, es un libro abierto donde podemos leer y entender nuestra vida. Porque Jesús viene, la vida no ha perdido su sentido, todo es parábola de amor y de esperanza, hay milagros, hay canciones. Pasamos por la noche, pero no sucumbimos a la oscuridad. Creemos en Dios y creemos en el futuro del ser humano. La vida está en gestación. ¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado! Decid si por vosotros ha pasado (CB 4).  

Cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca.

El Señor escucha y responde al grito del pobre. En nosotros está el Espíritu de la gracia, de la compasión y la ternura. En el Señor encontramos la fuerza para seguir eligiendo las bienaventuranzas y vivir con atención amorosa. Todo pasa, Dios no se muda. Sus palabras permanecen, su amor es fiel. Su palabra nos enamora y nos empuja a vivir y contar la historia de otra manera. Al final pasará la mentira y resplandecerá la verdad. Ese final podemos adelantarlo ya ahora dando alivio y consuelo. Y véante mis ojos, pues eres lumbre dellos, y solo para ti quiero tenellos (Juan de la Cruz, CB, 10).   

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