Domingo vigésimo cuarto del tiempo ordinario. Lectura orante del Evangelio: Marcos 8,27-35

Dios aguarda paciente y esperanzado desde hace muchos siglos nuestra aventura pequeña, pero apasionante para él(Miguel Márquez, recién elegido Superior General de los carmelitas descalzos). 

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 

En la vida de seguimiento de Jesús hay momentos en los que es necesario definirse: quién es Jesús y quiénes somos nosotros, cuál es nuestra relación con él, qué significa para nosotros. Para responder a esta pregunta que condiciona nuestra vida no bastan las palabras aprendidas, tiene que ser la misma vida la que hable. La mejor respuesta es la confesión de nuestra fe, es la manifestación de lo que el Espíritu, en el silencio, ha ido creando en nuestro corazón. Este es un buen momento para que, con calma, entremos en nuestra interioridad y expresemos lo que de verdad llevamos dentro aunque sea pobre. ¿Qué es lo que esta palabra nos invita a decirle a Jesús? 
Dínoslo tú, Espíritu Santo.

Tú eres el Mesías. 

Respuestas como esta requieren compromiso, seguimiento; si no, sería mejor no decirlas. Somos francos de presto, y después tan escasos, que valdría en parte más que nos hubiéramos detenido en el dar (Santa Teresa, C 32,8). Cuando decimos con estupor que Jesús es el Señor, cuando decimos con asombro que es el centro de nuestra vida, preparamos el terreno para tener un encuentro profundo con él; entonces se desvela nuestra gran dignidad: la de ser hijos de Dios en él y con él. Decir quién es Jesús es entregarle la vida, es vivir con él. El mundo está esperando que digamos nuestra fe con verdad. ¿Somos capaces de decir que Jesús es el Señor? 
Enséñanoslo tú, Espíritu de amor, que mantienes en la Iglesia el recuerdo vivo de Jesús.  

El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días. 

Este discurso de Jesús ni gustó a Pedro ni nos gusta a nosotros. Pero si queremos caminar con él y tomárnoslo en serio, no podemos cruzar de prisa el paisaje de la cruz. Solo la entrega de la vida nos lleva a la experiencia de la resurrección. La oración es la oportunidad de mirar a Jesús de cerca y de ir asimilando poco a poco su proyecto del Reino. 
Ayudados por el Espíritu, renovamos nuestra confianza en ti, Jesús.  

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. 

En el seguimiento de Jesús se respira libertad, el que quiera; Jesús no obliga, invita. Pero si queremos seguir a Jesús no bastan confesiones de fe fáciles. Si suprimimos de nuestra vida la cruz, el andamiaje de la fe en Jesús se cae. Jesús nos presenta un camino pobre y crucificado, su propio camino, como paso hacia la vida. ¿Escándalo? ¿Necedad? Puede que sí. ¿Sabiduría? ¿Amor loco de Dios? Sin duda. En juego está perder o ganar nuestra vida, ser o no discípulos misioneros de Jesús. Jesús va delante, eso nos anima. Poned los ojos en el Crucificado, y haráseos todo poco (7M 4,8), así habla Teresa de Jesús. 
Con nuestra cruz de cada día, te seguimos, Señor. Vamos juntos, contigo.  

CIPE – septiembre 2021

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