Domingo vigésimo tercero del tiempo ordinario. Lectura orante del Evangelio: Marcos 7,31-37

Abrirnos al futuro consiste en seguir seducidos por la tarea de afirmar dignidades (Toni Catalá, jesuita).    

Le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. 

Nos gustaría mirar para otra parte, pero el dolor y el sufrimiento están ahí. Afortunadamente hay personas que saben mirar a los que sufren y que no han perdido la capacidad de acogida del don de Jesús. Estas personas son un regalo para esta hora difícil, ofrecen la vida y la esperanza de Jesús. Recuerdan a Jesús que, con la acogida de los que padecen enfermedad o sufrimiento, vencía los miedos que atenazan y regalaba a manos llenas la bondad del Padre compasivo. Le piden que le imponga la mano a un sordomudo, a un pagano. Jesús rompe las prevenciones. Toca al enfermo, se mete hasta el fondo de las miserias de los paganos. En su mano está la mano del Padre que libera. ¿Llevaremos nosotros a los que sufren ante Jesús? ¿Realizaremos este servicio desde la oración callada, intercesora? 
Jesús, te presentamos a enfermos conocidos. Tócalos con tu mano. Dales consuelo. 

A solas. 

Jesús no se retira de la adversidad, se esconde en ella. Queda crucificado en el dolor del sordo mudo. Su actuación, a solas, huele a verdad; se acerca con discreción, sin favoritismos de ninguna clase. La solidaridad con las miserias de los pueblos que viven al borde de la muerte no pide trompetas ni aplausos. ¡Cuánta bondad no publicada ni exhibida! En la intimidad Jesús es portavoz de esperanza, fuente de vida. 
Tu gracia, Señor, se abre camino en un diálogo de amor. Ven, Espíritu, enséñanos a tratar a solas con quien sabemos nos ama.

Mirando al cielo, suspiró. 

Jesús levanta sus ojos al cielo; así ora, así habla con el Padre. Todo lo vive con el Padre. Esta experiencia de amor incondicional trae la alegría y da la fuerza para el anuncio del Evangelio. 
Espíritu Santo, enséñanos a levantar los ojos y a mirarlo todo en los ojos amorosos del Padre.  

Effetá, esto es, ábrete. 

¡Qué palabras tan bellas de Jesús! Todos necesitamos oírlas cuando la vida se nos encierra y asfixia. Effetá. Ábrete. Ábrete a la luz suave y acariciadora de Jesús, quien en medio de la destrucción y muerte viene con la vida. Ábrete a la esperanza, a la dicha de ser justo, al esfuerzo siempre renovado de construir un mundo mejor, al susurro de todas las aspiraciones para hacer el bien, al gozo de ver en cualquier rostro una hermana o un hermano. 
Tu luz, Señor, sale al encuentro de nuestra oscuridad, tu palabra vence la nada y crea el ser. Gracias, Señor. Bendito eres por siempre.  

Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. 

¡Qué alegría! Con los oídos abiertos aquel pagano, que era sordo mudo, ya puede oír el Evangelio; con la lengua suelta ya puede proclamar el mensaje que ha recibido de Jesús. 
Con José y María cantamos: ¡Qué grandes y maravillosas son tus obras, Señor!

Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos. 

Lo que Jesús hace arranca la admiración de los testigos. Este Evangelio nos invita a caminar por los mismos derroteros de amor y salvación de Jesús. Aunque a veces tengamos la sensación de que la esperanza se ha desvanecido en nuestro corazón. ¡Somos testigos y portadores de esta esperanza! ¿Tomamos la vida agradecidamente? ¿Estamos siendo una buena noticia para alguien? Que nuestra última palabra no sea el lamento sino la alabanza ante las maravillas de Dios. 
Gloria y alabanza a ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.  

CIPE – septiembre 2021

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