NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO. Lectura orante del Evangelio: Juan 18,33-3

Jesús se ha hecho el Señor de la historia con la sola omnipotencia del amor (Papa Francisco).  

Pilato dijo a Jesús: ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’

Pilato, un hombre escéptico acerca de lo que es la verdad, pregunta a Jesús si es rey de los judíos. Nosotros, que caminamos tras los pasos de Jesús y queremos aprender su manera de vivir tan distinta y sorprendente, nos preguntamos quién es el rey de nuestra vida, quién o qué ocupa el centro de nuestro corazón. Vueltos a Jesús, con la alegría de la fe, le decimos que queremos estar con él para vivir con él. Entramos en la oración para entrar en el reino, que es su presencia amorosa dentro de nosotros. Creemos en ti, Jesús. Tu reino da sentido a nuestra vida.

Jesús le contestó: ‘Mi reino no es de este mundo’.

Orar es dejar nuestra mentalidad vieja e injusta y aceptar la lógica de la nueva creación de Jesús. El reino de Jesús no se impone desde fuera con la fuerza y el poder, con la injusticia y la mentira; se abre camino en el corazón y se hace presente dentro como un perfume de alegría y un destello de verdad sin fin. El trono del reino de Jesús es la cruz, expresión del amor gratuito hasta el extremo. De esa fuente recibimos misericordia los débiles, salud los enfermos, dignidad los excluidos, amor los perdidos. Jesús, tu Reino no es de este mundo, pero es de nuestro corazón. ¡Qué gozo tan grande vivir contigo! 

‘Entonces, ¿tú eres rey?’

¿Es posible que un pobre que prefiere a los pobres sea rey? ¿Es posible que un condenado a muerte sea libre? ¿Es posible que un despojado de todo siga teniendo y dando dignidad? ¿Es posible que, sin empuñar armas, solo con palabras y hechos de vida, se abra camino un reino de entrega y amor? Sí, es posible. Ningún poder puede apagar la voz de Jesús. Ningún escepticismo puede borrar su amor. Él es rey y amigo verdadero. Gracias, Señor, Rey de nuestras vidas. En la cruz muestras tu amor, tu grandeza. ¡Gloria a ti, Señor! 

‘Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad’.

Jesús y cada uno de nosotros, cara a cara. Verdad y mentira, frente a frente. El testigo de la verdad, digno de nuestra fe, convocándonos a vivir en la verdad que es amor, alentándonos a no engañar en las cosas de Dios. El reino de Jesús, como fuente de nuestra dignidad; su entrega crucificada, como sorprendente manifestación de la realeza del ser humano, de todo ser humano. Ven, Espíritu Santo, condúcenos a la verdad completa. ¡Qué gozo ser testigos de la verdad!  

‘Todo el que es de la verdad escucha mi voz’.

La oración es una escuela de verdad. Nos acercamos a Jesús. Nos espera en la cruz. Ahí está su gloria. Ahí nos crea y nos hace nuevos. De su pecho abierto recibimos gracia tras gracia. Lo miramos detenidamente, aprendiendo lo que es el amor. El Espíritu pone en sintonía nuestro deseo hondo de verdad con la verdad limpia de Jesús; así nuestro barro es vivificado. ¡Qué grandes son tus grandezas!  Vamos contigo, Jesús.

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