Domingo sexto de Pascua

Que la Virgen María, cuya vida entera fue una respuesta a la llamada del Señor, nos acompañe siempre en el seguimiento de Jesús (Papa León XIV).

Estas palabras las pronuncia Jesús en la Última Cena, donde ocurren tantas cosas importantes y donde se nos recuerda qué es lo fundamental para seguir siendo fieles al mensaje de Jesús. En la Pascua ponemos los ojos en María, la mujer que ha guardado la palabra de Jesús y en la que ha resucitado el amor. Guardar la Palabra, amar a Jesús y dejarnos guiar por el Espíritu es lo mismo. Cada mañana abrimos el oído para escuchar a Jesús: palabra de amor del Padre que no se agota nunca. Los orantes llevamos siempre la Palabra de Jesús en el corazón.

Espíritu Santo, guarda la Palabra en nuestra interioridad.  

María es la mujer que se sabe mirada por el Padre; en ese encuentro amoroso está su dignidad. Con María aprendemos a orar, que es dejarnos mirar, amar, por la ternura entrañable del Padre. Nuestra vida, tan zarandeada y tan frágil, encuentra asiento en la relación de amor que el Padre mantiene con nosotros. El amor hace a Dios cercano a nuestra vida. El Espíritu Santo nos quita el miedo a amar y a ser amados. El Espíritu nos enseña a ver en la humanidad la presencia amorosa de Dios. Con el amor del Padre dentro “nadie puede vivir desesperanzado”.

Espíritu Santo, enciende en nosotros la llama del Amor. 

María experimenta la compañía amorosa de la Trinidad; su vida es un espacio habitado por el Misterio; vive con Dios dentro. Los Tres: presencia que vence la soledad que pesa sobre todo ser humano, inhabitación que rompe lejanías, relación mutua en la que se superan los conflictos y las guerras, milagro de vida. Los Tres, cercanos, sin irse nunca de nosotros, esperando siempre el encuentro amoroso. Pase lo que nos pase, ellos están siempre. Dios se hace hombre para que el hombre pueda hacerse Dios. Esta experiencia hace renacer en nosotros signos de esperanza hacia los migrantes, que abandonan su tierra en busca de una vida mejor para ellos y sus familias.

Oh santa Trinidad, que las esperanzas de los migrantes no se vean frustradas por prejuicios y cerrazones.   

Acoger a María es acoger al Espíritu Santo, el que enseña todo acerca de Jesús y mantiene vivo su recuerdo en la humanidad. El Espíritu nos recuerda al oído lo que nos hace falta para el camino de seguimiento de Jesús. El Espíritu anima para siempre nuestra vida. Confiar en el Espíritu nos lleva a confiar en el ser humano.

Espíritu Santo, recrea en nosotros una “paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante” (Papa León).    

“La esperanza no defrauda» (Rom 5,5). Jesús se despide con el don de la paz. Puede más su fidelidad que nuestras dudas, tensiones, zozobras, miedos. Podremos vivir aquí en la tierra lo que Jesús vivió porque el Espíritu caminará con nosotros. Es hora de atrevernos; Jesús sigue a nuestro lado; sintamos su presencia. Nada hay hoy más responsable ni más lúcido que creer en él y actuar en coherencia con el Evangelio de la compasión y misericordia. María va con nosotros; es fuente de vida, dulzura y esperanza para el camino. Que nuestro testimonio creyente sea en el mundo levadura de genuina esperanza. No nos conformemos con una vida mediocre o de subsistencia. “Que la esperanza nos tenga alegres” (Rom 12,12).

“Que el Dios de la esperanza nos colme de alegría y de paz viviendo vuestra fe, para que desbordéis de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (Rom 15,13).   

¡Feliz Pascua de Resurrección! CIPE – mayo 2025

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