Décimo octavo Domingo del tiempo ordinario.

Dios se alegra de ser Dios para poder darse como Dios (San Juan de la Cruz).

No es esta una palabra menor de Jesús; es una palabra muy necesaria para ponernos en verdad, desenmascarar la insensatez y no correr en vano por la vida. La codicia es la verdadera tentación que acecha al ser humano y lleva al enfrentamiento. Pero el vacío y la inseguridad no se curan con ella. La vida no depende de los bienes; la vida se recrea en otra fuente, la del amor gratuito e incondicional de Dios. Jesús nos invita a salir de la insensatez, que es adonde lleva la codicia. El ambiente que nos rodea nos hace propuestas contrarias a las de Jesús, nos lleva a una insolidaridad cruel. ¿Qué voz escucharemos? La oración, no pocas veces, es un tiempo de lucha, de discernimiento.

Escuchamos tu voz, Jesús.

Se agrandan los graneros, pero no el corazón. Los grandes almacenes, donde se guarda lo que sobra para después tirarlo, manifiestan la estrechez del corazón humano. Las reservas acumuladas no alivian la experiencia interna de escasez ni dan de comer a los que sufren el hambre y la miseria.  Jesús dice que vivir ambicionando bienes de la tierra es un simulacro de vida. La alegría solidaria va por otros caminos, brota de la profundidad de nuestro ser y no de la superficialidad de nuestro tener más y más.

Jesús, cámbianos la mirada del corazón.

Esta es la mentalidad reinante en nuestra sociedad, disfrutada por unos pocos, deseada por muchos. Jesús no envidia esta manera de vivir, al revés, la ve como insensata, como un fracaso. Cuando el ego ocupa todo el espacio, no hay corazón, ni solidaridad, ni alegría. ¿Dónde están los otros: los pobres de la tierra? Han sido descartados. ¡Qué injusto! Lo de Jesús es de otra manera: las necesidades disminuyen –puedo vivir con menos-, la austeridad compartida es una fiesta, los otros existen, hay espacio para la mano tendida. Jesús, enséñanos a plantear nuestra vida a tu manera.  

La insensatez tiene consecuencias; lo ve quien sabe mirar. Vivimos en la contingencia, no podemos olvidarlo. ¿Quién puede llenarnos la vida? ¿Por qué no comenzamos otra manera de caminar? Estamos a un pensamiento, a una opción, de cambiar nuestra vida. Si atendemos el amor está siempre naciendo (Pascal). Jesús,

libéranos de la falsedad.    

El ego no es el centro; eso es un engaño. Vivir encerrados en la acumulación y disfrute personal no es es ser ricos ante Dios ni solidarios con los más vulnerables. Hay otra alegría: Sal fuera y gloríate en tu gloria, allí donde se escuchan los sonidos más hermosos de la vida. La verdadera vida está en el encuentro con Jesús, en sabernos amados gratuitamente por él. Jesús es nuestra riqueza. Si caminamos con él y con todos, ya somos ricos ante Dios. Se trata de gastar la vida amando. Es hora de escuchar al corazón, ahí nos habla Jesús, ahí los pobres tienen sitio.

Jesús, tú eres nuestra riqueza.    

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