Amo el silencio, pero eso no quiere decir que mi corazón no hable.
Hablo al ritmo de tu palabra, recibida en los sueños de la noche.
Cuando mi vida parece sin salida, la ensanchas,
y yo, obediente, con prontitud y alegría, emprendo tus caminos.
¡Cuánto deseo contagiar a muchos este modo de vivir tan confiado!

Dicen que tengo corazón de padre, pero has sido tú, Padre, quien me ha modelado.
Tus entrañas amorosas fueron, día a día, cincelándome por dentro.
Toda mi vida es un salmo de alabanza para ti.
Tú me has elegido, me has preparado para amar y dejarme amar por Jesús y María.
¡Qué gran regalo me has dado en ellos!  Con ellos mi vida es ya un milagro. 

Tiemblo de emoción cuando Jesús me llama: Abbá, Padre.
Se estremecen mis entrañas cuando María me dice: Esposo mío.
Todos los dones, que me diste, los puse en sus manos, cada día.
Y si alguien me toma por guía en su camino, me vuelco sin medida.
Gracias por confiarme el cuidado de la Iglesia.

Sé que todo lo que soy lo he recibido de tu bondad.
Tú quisiste que fuera canal de tu gracia, reflejo de tu ternura y compasión.
Pasé de las dudas y los miedos a la confianza grande en tu proyecto.
Me sostuviste con tu mano,  fuiste mi roca y mi baluarte.
Tú actuaste en mi territorio, tan frágil y tan pobre, y brotó una nueva manera de vivir.  

Tu Espíritu tocó mi fragilidad y revistió mi debilidad de tu ternura.
¡Qué bien hizo su obra! Él hizo nacer flores en mi roca.
En las arenas movedizas de mi vida, él me dio firmeza.
Mi corazón aprendió a latir a su ritmo.
A todos los que vienen a mí les digo que se dejen guiar por ese Espíritu.

Julio Oviedo y Pedro Tomás