ORAMOS POR LA PAZ EN EL MUNDO

Elevemos hoy una súplica confiada por esta humanidad herida. El clamor de tantos pueblos marcados por la guerra, el desplazamiento, la violencia y el odio llega hasta el corazón de Dios. Nada de lo que sufre el hombre le es indiferente; cada lágrima es recogida por Aquel que es Padre.

Presentemos ante Él esta historia fracturada, estos corazones endurecidos, estas decisiones que generan muerte. Digámosle con sencillez y fe:

Señor Dios de la vida, mira a tu pueblo desgarrado por la guerra. Mira las ciudades destruidas, las familias separadas, los niños sin futuro, los ancianos en desamparo. Mira el miedo que paraliza y el odio que divide. Tú eres el Dios de la paz, no de la violencia; el Dios del encuentro, no de la exclusión.

Envía tu Espíritu Santo sobre los gobernantes y sobre quienes tienen en sus manos decisiones que afectan a naciones enteras. Ilumina sus conciencias. Arranca de sus corazones la soberbia, el orgullo y la ambición desmedida. Concede sabiduría para discernir caminos de diálogo, valentía para renunciar a intereses egoístas y humildad para escuchar el clamor de los pueblos.

Que tu Espíritu abra sendas donde hoy solo se ven muros. Que suscite gestos concretos de respeto, entendimiento y reconciliación. Que inspire acuerdos justos, decisiones prudentes y palabras que construyan puentes en lugar de levantar barreras.

Santa Teresa de Jesús nos recuerda que “Dios anda también entre los pucheros”, es decir, en lo cotidiano y en lo humano concreto. Creemos que también está presente en las mesas de negociación, en las reuniones diplomáticas, en los espacios donde se decide el rumbo del mundo. Que allí actúe tu gracia silenciosa.

Y como enseña San Juan de la Cruz, donde no hay amor, pongamos amor, y sacaremos amor. Derrama tu amor en los corazones endurecidos; transforma la violencia en compasión y el resentimiento en perdón.

Haz de nosotros también instrumentos de paz. Que nuestra oración no sea evasión, sino intercesión ardiente. Que aprendamos a sembrar respeto en nuestras relaciones diarias, a practicar el entendimiento en nuestras diferencias, a elegir siempre el camino del bien.

Padre de misericordia, acoge esta humanidad rota. Sánala con tu paz. Que tu Espíritu renueve la faz de la tierra y conduzca a todos los pueblos hacia una convivencia fundada en la dignidad, la justicia y el amor. Amén.

CIPE

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