«María es una dulce presencia de Madre y Hermana, en la que se puede confiar» (Juan Pablo II)

La alegría es la mejor respuesta que le podemos dar a Dios. Dios nos mira a los ojos para ver si estamos alegres con sus dones. María es el regalo que Jesús nos hizo en la Cruz. Desde entonces forma parte de nuestro tesoro. María era de un pueblo que convertía en canción todas las acciones de Dios. ¡Cómo no recordar los salmos, cantos a Dios tejidos en el corazón de la vida! Orar el salmo de María, el Magnificat, es la mejor forma de entrar en el corazón de María, donde resuena toda la melodía de Dios. María se alegra en Dios. Se goza de que Dios sea Dios.

Y al cantar esto, se alegra también con todo ser humano, porque lo que se refiere a Dios se refiere también a todos nosotros y al mundo que habitamos. Al cantar a Dios, canta los anhelos que tiene la humanidad de paz y fraternidad. La alegría de María es solidaria. Canta el mundo nuevo que Dios quiere: un mundo en que los ricos alimenten a los pobres y los poderosos lleven sobre sus hombros a los más débiles, un mundo en que las naciones ricas del planeta compartan con los pueblos pobres sus bienes.

En la convivencia prolongada con María crece nuestro amor, confianza y familiaridad con Ella; ahí nos hacemos familia de hermanos, hermanos entre nosotros y hermanos de la Virgen. Los que nos reunimos en torno a María somos un grupo de gentes tocadas por la dicha, un pequeño signo de comunión y de esperanza para el mundo. Somos como la nubecilla que vio Elías, pequeña como la palma de una mano, pero capaz de fecundar la tierra agrietada por la sequía.

El Escapulario es una señal de alegría en medio de la humanidad, una expresión de la intimidad entre nosotros y María, una llamada a la comunión con Cristo.