INVOCACIÓN AL ESPÍRITU
Ven, Espíritu Santo. Enséñanos a revisar nuestras cegueras y mirar como Jesús mira, sin buscar culpables.
El milagro es ver mejor. Canto: Sé mi luz, enciende mi noche.
MOTIVACIÓN. PARA DISPONER EL CORAZÓN
El que se considera autosuficiente perderá el Espíritu. Sin Dios, el hombre nada puede hacer. Con Él, nada es imposible
A LA ESPERA DE LA PALABRA. CON LA LÁMPARA ENCENDIDA
Domingo de la “Luz”, y también de la “Alegría”. En la bella tradición de la liturgia cristiana a este domingo se le llama: “Laetare”.
Es un relato sabroso, profundo y desafiante. Con tres personajes principales: Jesús, el ciego de nacimiento y los fariseos. Nos ayuda a abrir los ojos y a comprender mejor nuestra vida bautismal.
Del gesto de Jesús que la da la vista al ciego se pasa a la identidad del milagro para terminar concentrándose en la persona de Jesús. Aparentemente el problema es una obra realizada en sábado, pero en la práctica lo que inquieta es: ¿Quién es Jesús? Sorprendente: aquél que se reconocía ciego accede a la luz, los que creían poseer la luz se convierten en ciegos.
PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA: JUAN 9,1-14
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían:
«El mismo».
Otros decían:
«No es él, pero se le parece».
El respondía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante él”.
FECUNDIDAD DE LA PALABRA
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. Jesús cura arrodillándose en el barro humano y toca lo que a nosotros nos da reparo tocar. A Jesús no le han afectado los ataques recibidos. Es libre. Ve al ciego, los discípulos también, pero de distinta manera. Los discípulos vieron el pecado, de él o de sus padres (creencia arraigada: la enfermedad como fruto del pecado), discuten del tema, pero no ayudan. Jesús ve y realiza un proceso liberador para gloria de Dios, porque la gloria de Dios es que el hombre viva. La pregunta para nosotros no es de dónde ha venido el sufrimiento, sino qué haremos con él. Los fariseos tenían otra ceguera, mucho más compleja y difícil de curar: Tienen ojos y no ven. Jesús habla y actúa (dabar). Ver con el corazón es ver el mundo y a nuestros hermanos con los ojos de Dios. Tres acciones: saliva (usada en la antigüedad para el ojo), barro, untar (con el recuerdo del Génesis realiza una nueva creación. El ciego obedece y se cura. Juan destaca el contraste entre unas personas, abiertas a la luz, y otras, negando la luz. Los intérpretes autorizados de la Ley, están incapacitados para superar su estado de ceguera.
Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo». La curación desconcierta a todos. Pero el sanado dice: Soy yo. Hasta ahora no había experimentado esta libertad, esa dignidad. Desde el mismo momento que el ciego comienza a ver, empiezan todas las dificultades para él: la soledad, el abandono y la exclusión. A pesar de ello emprende el camino del testimonio. No basta ser iluminados, hay que ser testigos de la luz. La gracia despierta la libertad.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Algunos de Los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. La luz del ciego deja al descubierto la oscuridad de otros. Jesús podía haber hecho este milagro cualquier día de la semana, pero escoge hacerlo en sábado, el día de reposo. No se podía amasar (mezcla que hace Jesús). A los «fariseos» les duele más que el hombre haya sido liberado en sábado, que el que pueda ver. Así reta Jesús las mezquinas tradiciones de los líderes religiosos, tradiciones que ellos ponían en la categoría de reglas obligatorias.
Y volvieron a preguntarle al ciego: Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron. Jesús mira, no como un problema a explicar, sino como una persona a la que rescatar. Los fariseos reparten carné de pertenencia. No es común en el evangelio que el relato de un milagro se detenga en lo que sucede después. Las inquietudes de los fariseos se desplazan hacia la identidad de Jesús, que ha obrado el signo. El sanado pierde el miedo: Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo. Los fariseos preguntan a los padres del ciego. Estos evitan comprometerse. Hablar de Jesús conlleva ser excluido de la sinagoga, marginado de la comunidad del pueblo de Dios y por lo tanto quedar aislado socialmente. El sanado, que había dicho el nombre del que lo había curado, ahora reconoce que es un profeta, mientras que los peritos creen que es un pecador.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. Cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, salió a su encuentro. Donde buscamos culpables, Jesús busca a la persona y la levanta. La última palabra no la tiene el rechazo, sino el abrazo de Jesús. Vamos llegando a la cumbre del relato. La primera vez había una ceguera, ahora experimenta un rechazo que le aísla de la comunidad. ¡Cuánto tuvo que pasar para creer en Jesús! Jesús le pregunta. El sanado afirma que cree en Jesús y se postra ante él, un gesto de respeto y entrega con el cual admite estar ante la divinidad.
Esta postración en el suelo, a los pies de Jesús, es el momento culminante de este encuentro salvífico. La fe se expresa exteriormente y el conocimiento se vuelve adoración prolongada. Jesús ha sido para el ciego luz, cada vez más luz, acerca de Jesús: no sé, es un profeta, viene de Dios, creo, Señor. Un ciego en el camino, gritando, no era problema. Un ciego que ahora ve, gracias a Jesús, es una amenaza para la vieja mentalidad, incrédula. Un ciego, que no conocía la luz, porque nunca la había visto, nos anima con su confianza, tan sencilla, a recorrer sin miedo el proceso de la fe. Frente a todos los miedos, frente a todos los prejuicios. Jesús espera nuestra respuesta creyente. El joven, que antes era ciego, radiante de alegría, confiesa abiertamente su fe; ofrece su testimonio y nos regala palabras nuevas para decir nuestra fe: Creo, Señor. Jesús ha venido para dar luz, en definitiva, para dar vida y para mostrarse como la luz del mundo. Cristo no se revela a los impecables, sino a los disponibles.
2. MEDITACIÓN. RESPUESTA A LA PALABRA
¿A quién estoy tratando como culpable para no acercarme?
¿Qué tipo de ceguera se me ha pegado sin darme cuenta? El ciego de nacimiento hizo un proceso. ¿Cuál es tu proceso de fe? ¿Qué pasos has dado? ¿En qué punto te encuentras? ¿Descubres el actuar salvífico de Dios en tu vida?
3. ORACIÓN. ORAR LA PALABRA
Dadnos, Señor, luz; mirad que es más menester que al ciego que lo era de nacimiento, que este deseaba ver la luz y no podía. Ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable! Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia. ¡Oh qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío!: que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad (Santa Teresa).
4. ACCIÓN: CONTAR LA NUEVA MANERA DE VIVIR.
Sed adoradores, hombres y mujeres de profunda oración y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo (Papa León XIV).
Pedro Tomás Navajas, ocd