Te he encontrado abatida en un banco.
En un banco del andén del metro.
¿Dormías? ¿estabas muerta?
O, tal vez, permanecías inmersa
en el pozo profundo de
tu absoluta desdicha.
La cabeza baja,
los brazos caídos
las gafas colgando …
Todo te parecía indiferente.
¿Has perdido, como muchas,
el sentido del vivir?

No sé quién eres,
ni de dónde vienes, ni qué
haces aquí, ausente de todo
y expuesta a cualquier violencia.
Pero tu presencia
ha perforado mi alma
y ha perturbado mi paz.

Algunos de los que pasan,
ignorando tu presencia
y tu dolor,
solo verán
un bolso para robar
con las pocas pertenencias
que te acompañan.

No puedo hacer nada por ti.
Impotencia que me quema
en la sangre.
O quizás sí puedo.
Mirarte.
Al menos mirarte,
y dejar que perfores
mi conciencia
y quedes grabada
en mi corazón,
para invocar que
algún Misterio te devuelva
el aliento de vida.
A ti, y a tantas otras
que, como tú,
ni vemos ni queremos mirar.

Y confiar y creer y esperar,
que esta invocación
será escuchada y se encenderá
de nuevo un fuego en tu alma,
algún día no muy lejano.

Es adviento también
cuando miras a quién
nadie quiere mirar.

Mar Galceran.